martes, 16 de diciembre de 2014

De la amapola al opio




¡Fuiste una ilusión tan hermosa! te recordaba como una amapola joven y fresca, en plenitud de su belleza y candidez meciéndose en la brisa suave de aquel marzo, cuando apenas despuntaba la primavera. Yo tenía 19 años y tu me mentiste diciéndome que tenías 28. En ese entonces no sabía que en realidad tenías 33 ¡Te veías tan chavo! ¡Cómo olvidar la calidez de tu semblante! Jugabas al basquetbol desde tu silla de ruedas  junto con un amigo al que ya casi no recuerdo, todo lo contrario de ti, que desde el primer instante en que te vi me inspiraste una profunda ternura y simpatía, sin dejar de notar lo buen mozo que eras y la transparencia de tu mirada ¡Ay Dios, tu mirada! la misma que me aniquiló tantos años después....



Larga historia desde ese entonces mi querido amigo. Inconscientemente yo sabía que tenía que abordarte, ¿extraño, no? sobre todo para alguien tan tímida, desconfiada y bruta como yo, con tantos tabúes y estupideces metidos en la cabeza por unos progenitores con padres a su vez nacidos en el siglo XIX y una educación de unos bisabuelos todavía anteriores ¿Ejemplos? que si "una dama jamás aborda a un hombre desconocido", o que si "nunca le coquetees a nadie ni siquiera discretamente porque pensarán que eres así con todos y automáticamente te tildarán de zorra", o incluso que "toda mujer que se precie tiene que hacerse del rogar por mucho tiempo y todo hombre que se precie debe aguantar infinidad de rechazos si es que quieren tener algo que valga la pena" (como si los perdedores, rogones y sin dignidad nos gustaran a todas las mujeres; yo digo, al pan pan y al vino vino, pienso que eso solo es para los y las insegur@s que tienen que ejercer la crueldad sobre los demás para sentirse que valen algo), en fin fui educada con eso y otras mucho más graves lindezas.
Me acuerdo que ese día paseaba en el parquecito de cerca de tu casa con una "amiga" (que después me traicionaría, pero bueno, esa es otra historia) y fue hasta la segunda  vuelta que el bendito destino (¿o será maldito?) hizo que tu balón saliera de la cancha y llegara justo a mis manos. Fue en ese momento que nuestras miradas se cruzaron por primera vez y entonces sin dudarlo te hablé y te pregunté si me permitías intentar hacer un tiro a la canasta. Sorprendido (pero agradablemente sorprendido) me respondiste: "Sí, claro" , y tu sonrisa me convenció de que eso era el principio de nuestra larga amistad.
Lo demás ya lo sabes, y después lo rememoraré un poco más, y sólo tú sabrás quién  eres. Eres algo que siempre voy a recordar.
Te volví a encontrar muchos años después: la amapola estaba ya algo ajada, pero no marchita, seguía hermosa y con los bellos ojos verdes intactos, por ellos no había pasado el tiempo y tu mirada era igualita, es decir, cautivadora.
Yo no sabía (porque no se notaba a simple vista) que mi amapola ya se había convertido en opio. El opio ¿sabes? es altamente adictivo y mata. Sí, mata pero no sin antes arrastrarte por un infierno.
Yo volví buscando a mi amapola pero ya no estaba en su estado primigenio y eso no lo supe ver a tiempo. Cuando me fui yo quería a mi amapola, pero cuando regresé mi recuerdo me hizo amarla, amarla como nunca antes, y nunca a nadie.  Me arrojé al vacío y sin red pensando en que no me estrellaría, porque yo te conocía y confiaba, pero me destrocé a mi misma ¡Así son las alucinaciones que causa el opio!
A final de cuentas el opio no tiene la culpa, pero sigo esperando mi dosis.

No hay comentarios:

Publicar un comentario